Mil nueve ochenta y mierda

Fui a esa fiesta porque un amigo me pidió que le haga la segunda. En un principio me entusiasmó saber que era una fiesta con asistentes que promediaban la mitad de la treintena en edad, como yo. Bien, porque la última vez que fui a una fiesta con pibes de veintitantos recibí dos declaraciones demoledoras. La primera fue "no sé qué es Deep Purple" mientras notaba que la piba con la que estaba hablando empezaba a verme en tono sepia. La segunda fue aún más directa y contundente: "podrías ser mi papá". De más está decir que no la puse, no por falta de ganas sino porque por primera vez me di cuenta que los años se me notan y, por lo visto, no me crucé a ninguna con algún daddy issue dándole vueltas en la psiquis. Un amigo me lo explicó bien. Me dijo que todavía me faltan unos diez años para volver a las veinteañeras con cuestiones no resueltas con su padre, que ahora soy material de veterana que no quiere bancarse un pendejo idiota pero quiere disfrutar del sexo con alguien cuyas erecciones todavía suceden. Gran análisis. Todo verdad. De todas formas, gracias, paso, prefiero disfrutar de otra forma el ocaso de la pija.
En el ambiente se puede oler la desesperación. Somos un grupo de personas que por mala suerte o mala praxis no fuimos seleccionados en primera vuelta y ahora estamos tratando de meter un golazo en tiempo de descuento. La desesperación es tan palpable que incomoda. En seguida te das cuenta quiénes estamos a la caza porque no estamos en ninguna conversación fija, siempre mirando hacia los lados para ver qué (quién) hay. Y es como esas fiestas a las que ibas en los años de gloria, sólo que mucho más tristes. Hay un par de Calu Rivero dando vueltas en aire de soy demasiado para esta fiesta, otros que llegaron una década tarde al look gorra y lentes de noche, varios reventados y muy quietitos y los que somos el aberrante y sobre poblado promedio.
Intento un par de charlas que fracasan estrepitosamente tras el primer "hola". Pensé que a esta altura ya la iba a tener clara pero se ve que no. Intento bailar pero soy de mármol. Pensé que a esta altura ya la iba a tener clara pero se ve que no. Entonces me dedico a beber, con cuidado, con la idea de que un trago de más se va a hacer sentir hasta la mitad de la semana. Y me emborraché, si señor, porque es obvio, no la tengo clara todavía.
En la fila del baño conozco a Ana Laura, que cuando le pregunto cómo le dicen para no llamarla por el nombre completo me responde "Ana Laura". Virgen María putísima, no pego media. Hago sobrevivir la charla como Tomn Hanks hablando con Wilson. A través de la puerta del baño se escucha como aspiran a nivel turbina y luego silencio por un largo rato. Incito a Ana Laura a que abra la puerta y se mande que yo la sigo. La damas primero porque como hombre en esa situación las posibilidades son que te conviden de la buena (raro) o que te conviden una buena cagada a trompadas (casi siempre). Así que con Ana Laura a la vanguardia entramos para encontrarnos con un tipo acostado en la bañadera con los ojos abiertos pero inmóvil y tres líneas mal peinadas en un borde del lavabo. Ella se abalanza sobre la merca mientras yo chequeo que el tipo todavía respire. Respira. Bien. Ana Laura me indica que termine lo (poco) que me dejó. Lo hago. Quiero mear. Le digo que salga. Me dice que no, que me quiere ver, así que meo con público. No deja que me suba la bragueta. Se avalanza sobre mí y comienza a trabajar en lo que sería la peor paja del mundo, oficial. La borrachera, el gusto amargo del jugo que produce la mala cocaína y el dolor del manoseo inhábil y seco hacen que lo que pudo ser una gran anécdota de consumo y sexo casual sea un llanto interno. Pienso cómo puede ser que una persona que lleva activa sexualmente la mitad de su vida no sepa agarrar una pija. Pienso en cuál fue la mala decisión raíz que hizo que me encuentre en esta situación. En algún momento me equivoqué muy mal y, lejos de corregir el rumbo, seguí torcido. No acabo, obvio. Estoy a años luz de sentirme mínimamente excitado, sobre todo por el flaco en modo estatua que se encuentra a escaso medio metro de donde se desarrolla la acción. Ana Laura afloja sin darse por enterada de mi estado, se ríe, se lava las manos y sale del baño. Desearía que me afecte esa risa, que también me cause risa o que me preocupe por lo que puede llegar a contarle a las amigas que también están en la fiesta. Nada, no hay nada dentro mío.
Un destello blanco me devuelve a la realidad tal cual me avisaron que iba a suceder antes de comenzar el proceso. Me sacan el casco de realidad virtual que permite prever el futuro de acuerdo a las inquietudes personales. Me siento bien, fue una buena experiencia. Gran idea por parte del gobierno la de implementar esta tecnología en los que estamos terminando el colegio y nos encontramos indecisos en cuanto a qué carrera universitaria elegir. Mucho mejor que esos anticuados e inútiles tests vocacionales. Ahora sé que mi vida será dedicada al marketing y la publicidad. Pensar que mis viejos me criaron en un ambiente repleto de arte, música y literatura, preocupados por darme las herramientas para que me desarrolle como un ser humano en el amor y la empatía. De no ser por la inteligencia de la presidente Antonia Macri y su excelso gabinete que llevaron adelante esta brillante medida, me hubiera cagado el futuro. Gracias Antonia por hacerme ver que odio a mis padres. Beatniks mugrosos.

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